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El último año de Darwin en el Beagle

Dentro de pocos días hará cuatro años que salimos de Inglaterra. Celebramos las primeras Navidades en Plymouth; las segundas en la bahía de San Martín, cerca del Cabo de Hornos; las terceras en Puerto Deseado, en Patagonia; las cuartas en un puerto salvaje de la península de Tres Montes; las quintas aquí, y espero  que celebremos las próximas en Inglaterra.

Mi viaje alrededor del mundo, Charles Darwin, 1835.

El 27 de noviembre de 1835 Charles Darwin se alejaba de la Isla de Tahití a bordo del Beagle, cuando el Capitán Fitz Roy ponía rumbo a Nueva Zelanda, echando la vista atrás sobre las montañas de Tahití, la “isla a la que cada viajero a pagado un tributo de admiración”, como la describió el naturalista en su diario de a bordo.

Transcurridos casi cuatro años de su partida, el 27 de diciembre de 1831 del puerto de Devonport, dique naval de Plymouth (Inglaterra), el buque HMS Beagle continuaba con su travesía alrededor del mundo, que aún había de durar un año más.  El final del viaje y la exploración iba a llegar el 22 de octubre de 1836, en el puerto de Falmouth.

Beagle.

El buque HMS Beagle.

Para el mes de septiembre de 1835, habían llegado al Archipiélago de las Galápagos, compuesto de diez islas principales, cinco de las cuales eran las más grandes; deteniéndose a examinar la flora y la fauna que en ellas encontraba. “Nada parecía tan provechoso para un naturalista joven, como un viaje por apartadas tierras“.

El joven Charles Darwin.

El joven Charles Darwin.

Acabando el mes de octubre, y tras haber llevado a cabo un estudio hidrográfico del Archipiélago de las Galápagos, fijaron el rumbo a Tahití, “isla clásica para todos los viajeros del mar del Sur”. En la Isla de Tahití, al joven Darwin, le sorprendía el encanto de sus habitantes: “nada me ha alegrado más que sus habitantes. En la expresión de sus rostros hay una dulzura que prohíbe de entrada pensar en lo salvaje, y una inteligencia que muestra que se adelantan en la civilización.”

El 26 de noviembre, levaban anclas por la tarde y empezaban las largas semanas recorriendo el océano pacífico. “Se necesita haber navegado este inmenso océano para comprender todo lo grande que es: semanas enteras hemos corrido, y muy deprisa, sin encontrar nada por delante, sin ver nada más que agua azul y profunda”.

El Océano Pacífico (Fuente: Google Earth).

El Océano Pacífico (Fuente: Google Earth).

La navegación, no guardaba ya en aquellos tiempos las dificultades de la época de las conquistas del Polo sur. En esos setenta últimos años los viajes lejanos eran, en comparación, mucho más sencillos. “En tiempos de Cook, el que dejaba su casa para emprender tales expediciones se exponía a las más duras privaciones. Hoy puede darse la vuelta al mundo en un yacht, donde pueden disfrutarse las comodidades más exquisitas”, explicaba Darwin en su diario.

Un mes después de fijar el nuevo rumbo, echaban anclas en la bahía de las islas de Nueva Zelanda. Ante ellos, un país montañoso, de contornos redondeados, altas colinas cubiertas de helechos inmensos y un extravagante ecosistema aviar. Los nichos de mamíferos, estaban ocupados por aves no voladoras, como probaban los fósiles.

Para los últimos días del año, el Beagle emprendía de nuevo la navegación, esta vez rumbo a Australia, dónde continuarían sus investigaciones. Allí encontró mamíferos de distinta naturaleza que los hallados en Europa, Asia y África. Días en tierra que eran contados en comparación con los días en los que el Beagle surcaba los océanos esperando llegar a su próximo destino.

“Son muchos menos los días de escala en los puertos en comparación con los muy largos paseos por el mar. ¿Y qué son, después de todo, las tan decantadas bellezas del inmenso océano? El océano es una soledad angustiante, un desierto de agua, como lo llaman los árabes. Cierto es que ofrece algunos espectáculos dignos de admiración, como, por ejemplo, una noche de luna, en que brillan en el cielo innumerables estrellas y los vientos alisios hinchan las blancas velas del buque; o la calma perfecta, cuando el mar está liso como un espejo, todo tranquilo y apenas sin el menor soplo hace oscilar las velas que cuelgan inútiles de los respectivos palos”.

Ahora en Australia, y con más de medio año de expedición aún por delante, sus observaciones, análisis y anotaciones continuarían, sirviéndole a su regreso para comenzar a formular su famosa teoría sobre la evolución de las especies, expuesta por primera vez en su libro “El origen de las especies”, publicado en 1859.

Llúcia Ribot Lacosta

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