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Luces y sombras en el acuerdo de la COP21

“Responder al cambio climático es un imperativo ético”.

Naomi Klein, 2015.

Cuando está a punto de cumplirse una semana desde que la Cumbre de las Partes de París (COP21) consiguiera aprobar un acuerdo global entre las delegaciones de los 195 países que forman parte de la Convención de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (CMNUCC), repasamos las principales cuestiones a las que ha tratado de dar respuesta el histórico acuerdo contra el cambio climático.

Han hecho falta casi dos semanas de intensas negociaciones y algunas horas más de tiempo añadido, para fijar las pautas para afrontar la lucha contra el cambio climático a partir del 2020. Los 195 países de la COP21 han establecido el compromiso de limitar el aumento de la temperatura global del planeta en los 2ºC y la revisión de los objetivos establecidos en el acuerdo cada 5 años. El presidente de la COP21, Laurent Fabius, sellaba el acuerdo durante la tarde del pasado sábado, recibido con cinco minutos de ovación. Pero, tras el optimismo inicial, las críticas no han tardado en llegar.

¿Una ovación merecida?

Sobre la mesa de negociaciones han pasado cuestiones como el techo del calentamiento global, los compromisos jurídicamente vinculantes para los países firmantes, el nivel de financiación y el calendario para la revisión de los compromisos alcanzados, puntos clave en el acuerdo. Para asegurar la acción previa a 2020, se ha establecido un ciclo de revisiones de los compromisos cada 5 años; con el fin de garantizar que la temperatura media global este controlada y se encuentre en los niveles establecidos. Este punto es objeto de críticas puesto que los objetivos que comprende la Cumbre tienen una ejecución a medio plazo.

El objetivo principal del acuerdo es conseguir que el aumento de la temperatura media global del planeta no supere los 2ºC, aunque se ha insistido en dirigir los esfuerzos para no superar los 1,5 grados. Para lograr este objetivo, todos los países deberán alcanzar un techo en sus emisiones de gases de efecto invernadero “lo antes posible”. Se trata de compromisos,  sin una concreción en las medidas para cumplir con los objetivos, en las acciones necesarias para lograrlos.

Las contribuciones nacionales

El instrumento principal sobre el que se construye el acuerdo son las contribuciones nacionales. El texto del acuerdo el acuerdo establece que cada país firmante “deberá  preparar, comunicar y mantener las contribuciones nacionales”; y “deberá”  poner en marcha “medidas domésticas” de mitigación para cumplir con los objetivos fijados. Son 186 países, de los 195 que forman parte de la CMNUCC, los que ya han presentado un plan de reducción de emisiones.

Y, ¿en qué medida obliga el acuerdo a los países firmantes?

Los objetivos de reducción de emisiones de cada país no son legalmente vinculantes y tampoco aparece ninguna cifra concreta, en consonancia con la postura de los Estados Unidos, la China y la India. El acuerdo es jurídicamente vinculante en parte, puesto que obliga los países a cumplirlo pero no en su totalidad.

La financiación

¿Cómo canalizar los recursos para que todos los países, independientemente de su nivel de desarrollo, puedan actuar ante el cambio climático?

El acuerdo debía buscar los mecanismos para aumentar la capacidad de los países para adaptarse al cambio climático. A los países en vías de desarrollados, se les insta a que reduzcan las emisiones en relación a sus capacidades; al contrario de la exigencia que se impone a los países desarrollados.

En el documento, se incluye también la creación de un organismo internacional nuevo dedicado a las “pérdidas y daños” derivadas de las consecuencias del cambio climático, para compensar a los países en vías de desarrollo; pero se deja su formación para más adelante.  El acuerdo también incluye la creación de mecanismos de mercado de emisiones de gases de efecto invernadero.

En lo relativo a la financiación, el acuerdo establece la responsabilidad de los países desarrollados para proveer apoyo financiero a los países en vías de desarrollo. El compromiso es lograr que se movilicen 100.000 millones de dólares anuales, destinados a los países en vías de desarrollo.

Reclamación: economía descarbonizada

El fin de las subvenciones a las energías fósiles es un paso imprescindible hacia la economía descarbonizada, hacia la progresiva adaptación de la economía mundial a la reducción del consumo de combustibles fósiles y su sustitución por otros. Estas reclamaciones han sido protagonistas de la batalla de los movimientos ecologistas; pero la alarma que creó entre países áreas petroleras, supuso su desaparición de la mesa de negociaciones.

Detengámonos un momento en la cuestión de los combustibles fósiles para ponernos en contexto: nos encontramos justamente después de haber alcanzado el pico de producción del petróleo. La tasa de retorno energético del petróleo ha caído del 100% en 1940 hasta el 8% en 2015. Es decir, en 1940 de cada Julio de energía que se empleaba en obtener el petróleo se recuperaba otro Julio. Ahora de cada julio que se emplea en obtener el petróleo se aprovecha solamente 0,05 Julios. A su vez, por cada Julio de petróleo que se extrae ahora se contamina mucho más de lo que se contaminaba hace 70 años; lo que representa una problemática evidente.

Dicho combustible es el eje vertebrador de nuestro modelo de consumo energético y su uso condiciona nuestro modo de vida. Cuando el petróleo se acaba se empiezan a utilizar otros combustibles fósiles como el carbón, mucho más contaminante. El climatólogo James Hansen, ha criticado en el periódico británico The Guardian, el hecho de en el acuerdo no se adopten medidas para la urgente descarbonización de la economía: «Mientras los combustibles fósiles sean los más baratos, los vamos a seguir quemando».

 ¿Cuál es el siguiente paso?

Ahora es el momento de que los países firmantes ratifiquen en sus ejecutivos nacionales el texto del acuerdo establecido en París, antes de mayo de 2017. El texto del acuerdo, resultado de la Cumbre del Clima, que entrará en vigor a partir de 2020, tiene once páginas y una “decisión” que lo amplía en otras veinte. Para que en vigor es necesaria la firma de un mínimo de 55 países, que representen el 55% de las emisiones globales.

A la vista de estas consideraciones, la reducción de las emisiones de CO2 y otros gases de efecto invernadero, establecidas en el acuerdo de la Cumbre, debe aunarse con la sustitución del uso de combustibles fósiles por otros; lo que implica un cambio de mentalidad. El acuerdo es un primer paso, un punto de partida contra el cambio climático, pero deberán sucederse los cambios en nuestro modelo de producción y consumo para poder revertir la situación.

Llúcia Ribot Lacosta, Pablo Rodríguez Ros

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